¡Qué frío!
El Hámster y su Rueda
El lunes 2, día de la Virgen de Candelaria (cuando los que sacaron el Niño Jesús en la Rosca de Reyes deben “pagar” con tamales), amanecimos con una sensación térmica de 1°C. Siendo un país tropical, el frío nos transforma: manos heladas, el agua de la ducha que no sale lo suficientemente caliente para reconfortarnos, y gente en la calle con gorros, guantes de lana, suéter, chumpa sobre chumpa; dormimos con doble calcetín, edredón y poncho.
Ciertos hábitos sufren también con el frío intenso. Los que salimos a correr de madrugada nos cubrimos lo más que podemos, aunque al rato ya no aguantamos el calor y aligeramos la ropa como podemos. El consumo de café y de bebidas calientes en general aumenta. Pedimos más sopa y, por algún motivo, también sube el consumo de chocolate y de bebidas espirituosas. Estas últimas son más una excusa, creo yo, aunque el cognac o el brandy sí tienen la habilidad de subir la temperatura corporal, más allá del porcentaje de alcohol en la sangre.
El tráfico baja a una hora más temprana y se reducen las salidas innecesarias. En los restaurantes, la gente pide mesa “adentro” o afuera solo si hay calentadores de gas. En las conversaciones, el trending topic deja de ser el tráfico para ser: “¡A la gran chucha, qué frío hace!” o el típico: “Y vos sin chumpa, ¿no tenés frío? ¡Qué bárbaro!”. Como si fuera una competencia, según donde vivamos, presumimos la baja temperatura con la que amanecimos, aunque los que viven en CAES o San Lucas siempre llevan la delantera. Eso sí, el campeón indiscutible y sin envidia es Xela; esas ya son otras ligas.
A mí el frío me gusta, lo disfruto, pero aprendí a verlo con respeto. Hace apenas un par de años, si iba en el carro por la tarde, bajaba el vidrio para “sentir el hielo en la cara”. Ahora ni loco lo hago. Si en la mañana la temperatura está por debajo de los 8°C, no salgo a correr; me quedo como todo un Hámster en la caminadora a puerta cerrada. Ni qué decir de bañarme con agua fría. En el arranque del año no hay peor cosa que agarrar una gripe o un buen catarro (si no es que son la misma cosa, diría Arjona).
Pero el frío no es parejo para todos. No siempre pensamos en quienes lo pasan muy mal en estos días: las personas sin techo que duermen en la calle, quienes no tienen ropa para abrigarse, los que trabajan a la intemperie hasta la madrugada o quienes se transportan en bici o moto (con niños en brazos a veces) sintiendo aún más intenso este clima. No los olvidemos y, en lo que esté en nuestras manos, hagamos el esfuerzo por aliviarles lo que ellos solos no pueden.
Mientras afuera el clima nos congela, adentro, en nuestras instituciones, se están calentando decisiones que definirán nuestro futuro. Estas semanas se desarrollan las elecciones de autoridades de las Cortes, el Consejo Superior Universitario y Colegios de Abogados. A quienes tienen una responsabilidad directa les pedimos, y demandamos, que decidan bajo la luz de la justicia y la conciencia, buscando siempre el bien común.
Para el resto, la gran mayoría, no seamos actores anónimos o pasivos. Nuestro futuro no puede quedar, con los ojos cerrados, en manos de criminales, burócratas mediocres u oportunistas que usan el poder para solapar estructuras paralelas que hinchan sus bolsillos con dinero que debería ir a los más vulnerables: los adultos mayores, los enfermos y los marginados.
Nos merecemos vivir en paz y bienestar. Esto no debe ser el lujo de unos pocos, sino la realidad de todos los que tenemos la fortuna y el privilegio de haber nacido en esta hermosa tierra del Quetzal y del Tamal.

